Todos gritaban y saltaban. Lucían orgullosos los colores de su equipo ganador. Sus banderas y estandartes y las mismas camisetas que ellos llevan cuando están el campo, trabajando. Algunos se abrazaban en grupo y cantaban canciones y ascendían a un estado límbico y supremo de bienestar. Todos en comunión con su equipo ganador, llorando de alegría, sudando su camiseta como ellos en el campo. Igual que ellos. El equipo ganador se merece todos los honores. Está libre de toda mácula y es infinito en su perfección. El equipo ganador es bueno y reparte alegría y bienestar espiritual a cada uno de sus admiradores. El equipo ganador es poderoso y tiene a sus pies un ejército de acólitos dispuesto a morir por él. Que defenderá a capa y espada esos colores y esa camiseta. Que no dudará en realizar el sacrificio necesario, sea cual sea, para ingresar en el limbo de los elegidos para la gloria. Acudirá gozoso al templo cuando le sea requerido y nunca protestará. Allí, apiñado, transformará su devoción en un acto de fe total, ayudado por cánticos creados ex profeso. Su equipo tendrá que sufrir el ataque del equipo contrario. Sus golpes. Sus patadas y empujones. Las lesiones sufridas serán la prueba de su esfuerzo. De su sacrificio. De su capacidad de resistencia para el martirio. ¡Dios salve y proteja a nuestro equipo ganador! ¡Por los siglos de los siglos, amén!
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